Textos
FRIEDRICH NIETZSCHE
Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales, (trad. de Germán Cano), Madrid, Biblioteca Nueva, 2022:
§ 93, § 297, §314, § 342, § 424, § 459, § 507, § 535, § 543.
§ 93. ¿Qué es la verdad? ─ ¿Quién no ha de asentir a la conclusión que gustan de hacer los creyentes?: ‹‹La ciencia no puede ser verdadera, porque niega a Dios. Por consiguiente, no procede de Dios; lo que equivale a decir que no es verdadera, porque Dios es la verdad.» El error aquí no está en la conclusión, sino en la presuposición: ¿Y si Dios no fuera la verdad, y estuviera demostrado que es así? ¿Y si él no fuera más que la vanidad, el ansia de poder, la impaciencia, el miedo, la ilusión embriagada y aterrorizada de los hombres?
§ 297. Corruptible. ─ El modo más seguro de corromper a un joven consiste en instruirlo para apreciar más a los que piensan como él que a los que piensan de otra manera.
§ 314. De la compañía de pensadores. ─ En medio del océano del devenir, nosotros aventureros y aves viajeras, nos despertamos en una pequeña isla no mayor que una barquita, y miramos por un momento en torno nuestro con toda la prisa y la curiosidad que nos son posibles, pues un golpe de viento puede arrastrarnos de repente, o una ola puede barrernos de la pequeña isla sin dejar el menor rastro de nosotros. Pero aquí, en este estrecho espacio, encontramos a otras aves viajeras y oímos hablar de otras más antiguas, y así disfrutamos de un delicioso minuto de conocimiento y de comprensión, entre mutuos gorjeos, trinos, agitando alegremente las alas, mientras nos aventuramos con nuestro espíritu hacia el océano, y no con menos orgullo que el mismo océano.
§ 342. ¡No confundir! ─Sí, examina la cosa, mirándola por todos los lados, y por eso creéis que es un auténtico hombre de conocimiento. Pero lo único que pretende es rebajar el precio ─¡quiere comprarla!
§ 424. Para quién existe la verdad ─ Hasta el momento han sido los errores los poderes más consoladores: ahora esperamos el mismo efecto de las verdades reconocidas, pero la espera se va haciendo un poco larga. ¿Cómo? ¿Qué pasaría si las verdades no fueran capaces de prestar este servicio ─de consolar? ─ ¿Sería acaso esto una objeción contra las verdades? ¿Qué tienen estas en común con el estado de sufrimiento, enfermizo y afligido de ciertos hombres para que se les pueda exigir que sean precisamente útiles a estos?
En realidad, no supone una objeción contra la verdad de una planta demostrar que no sirve en absoluto para curar a los enfermos. Pero antaño era una convicción la idea de que el hombre era el fin de la naturaleza: hasta el punto de aceptar, sin más, que el conocimiento no podía revelarnos nada que no fuese útil y curativo para el hombre; sí, no podía, no estaba permitido en absoluto que existieran otras cosas. ─ Tal vez se pueda deducir de esto la tesis de que la verdad como totalidad armónica no existe más que para almas al mismo tiempo fuertes y desinteresadas, alegres y pacíficas (como era la de Aristóteles), precisamente por ser estas almas las únicas que estarían en condiciones de buscarla, puesto que los demás sólo buscan remedios curativos para ellos mismos; estos, por muy orgullosos que estén sobre su inteligencia y su libertad, en realidad no buscan la verdad. De aquí se deduce el que estos sientan tan poca auténtica alegría por la ciencia y que le reprochen su frialdad, su sequedad y su inhumanidad: del mismo modo enjuician los enfermos los juegos que realizan los sanos. ─ Los dioses griegos tampoco sabían cómo consolar. Cuando, finalmente, la totalidad de los hombres griegos acabaron cayendo enfermos, sus dioses alcanzaron el ocaso.
§ 459. La generosidad del pensador. ─ Rousseau y Schopenhauer ─ambos fueron lo bastante orgullosos para grabar como divisa de su existencia este lema: vitam impendere vero. ¡Y cuánto debió de sufrir su orgullo al no lograr el verum impendere vitae ─ entendiendo el verum como cada uno lo hizo: ¡para que su vida marchara, paralelamente junto a su conciencia como un bajo que no quiere armonizar con la melodía! ─ ¡Pero el conocimiento quedaría en una mala posición si únicamente se relacionara con cada pensador en la medida en que se ajustara a su cuerpo! ¡Y los pensadores también estarían en una mala situación si su vanidad fuese tan grande que solo tuvieran que soportarla ellos! Precisamente aquí es donde brilla la más hermosa virtud de los grandes pensadores: la generosidad que manifiestan, cuando buscan el conocimiento, al ofrecerse a sí mismos y a su propia vida en sacrificio, unas veces pudorosamente, muchas otras con sublime ironía y con una sonrisa en los labios.
§ 507. Contra la tiranía de lo verdadero. ─ Aunque fuéramos lo bastante insensatos como para considerar verdaderas todas nuestras opiniones, sin embargo, no desearíamos que fuesen las únicas. No comprendo por qué hay que desear la omnipotencia y la tiranía de la verdad; me basta saber que la verdad posee un gran poder. Pero es preciso que pueda luchar, que tenga una oposición, y que de cuando en cuando, podamos descansar de ella en lo que no es verdad ─de lo contrario, lo verdadero se volvería aburrido, trivial y sin gusto alguno, y haría que a nosotros nos pasara lo mismo.
§ 535. La verdad necesita del poder. ─ Por sí misma, la verdad no es de ningún modo un poder, pese a lo que acostumbra a decir el ilustrado melindroso. ─ Por el contrario, necesita que el poder se ponga de su parte o ponerse ella de parte del poder, ya que de lo contrario, perecerá siempre. ¡Esto ha quedado demostrado más que suficientemente!
§ 543. No convertir a la pasión en un argumento de verdad. ─ ¡A vosotros, hombres de buen talante, incluso nobles fanáticos, yo os conozco! ¡Queréis tener la razón delante de nosotros, pero también, y sobre todo, delante de vosotros mismos! ¡Y una mala conciencia, sutil e iracunda, os impulsa frecuentemente contra vuestro fanatismo! ¡Qué ingeniosos os sentís entonces para engañar y adormecer a vuestra conciencia! ¡Cómo odiáis a los honrados, sencillos y limpios de corazón! ¡Ese conocimiento mejor, cuyos representantes son ellos y cuya voz oís dentro de vosotros mismos, dudando de vuestra conciencia, tratáis de hacerlo sospechoso bajo los nombres de mala conciencia, de enfermedad de la época, de negligencia en los cuidados de vuestra propia salud espiritual! ¡Llegando al extremo de odiar la crítica, la ciencia, la razón! ¡Necesitáis falsificar la historia para que esta os dé la razón, negar virtudes para que hagan sombra a las virtudes de vuestros ídolos y de vuestro ideal! ¡Donde harían falta argumentos racionales, colocáis imágenes llenas de color, fuerza y ardor en la expresión, niebla plateada, noches de ambrosía...! ¡En verdad sabéis iluminar y oscurecer, oscurecer con luz!
Y cuando vuestra pasión realmente se enfurece, llega un momento en que decís: ‹‹Acabo de conquistarme la tranquilidad de conciencia: ahora soy magnánimo, esforzado, desinteresado, grandioso: ¡soy honesto!» ¡Qué sed tenéis de estos momentos en que vuestra pasión os confiere un derecho pleno y absoluto ante vosotros mismos, momentos en que recobráis, en cierto modo, la inocencia de esos momentos de lucha, de embriaguez, de valor, de esperanza, momentos en los que estáis fuera de vosotros mismos, por encima de toda duda, y decretáis: ‹‹¡aquel que no esté fuera de sí como nosotros, no puede saber en absoluto qué es la verdad, ni donde está!» ¡Qué sed tenéis de encontrar hombres que tengan vuestra fe en ese estado ─el de la depravación de la inteligencia─ y azuzar con vuestras llamas su incendio! ¡Qué martirio el vuestro! ¡Qué victoria de la mentira santificada! ¿Os tenéis que infligir a vosotros mismos tanto sufrimiento? ─ ¿Es necesario?
La Gaya ciencia, (trad. de Charo Crego y Ger Groot), ed. Akal, Barcelona, 1988:
§ 108, § 110, § 125, § 164, § 165, § 173, § 175, § 179, § 196, § 298, § 307, § 320, § 327, § 343, § 344, § 355.
§ 108. Nuevas luchas. – Después de la muerte de Buda, se mostró aún durante siglos, en una cueva, su sombra –una sombra colosal y pavorosa. Dios ha muerto: pero, siendo los hombres lo que son, habrá acaso aún por espacio de milenios cuevas donde se muestre su sombra. – ¡Y nosotros – tendremos que vencer también a su sombra!
§ 110. El origen del conocimiento. – Durante lapsos tremendos, el intelecto no producía más que errores; algunos de ellos resultaban útiles y beneficiosos para la conservación de la especie: quien los encontraba, o los heredaba, contaba con ventajas en su lucha por sí mismo y su prole. Tales erróneos artículos de fe, que se transmitían de generación en generación y que finalmente llegaban a ser algo así como parte integrante del acervo humano, son por ejemplo los siguientes: que hay cosas perdurables, que hay cosas idénticas, que hay cosas, sustancias, cuerpos, que una cosa es tal como aparece, que nuestra voluntad es libre, que lo que para mí es bueno es bueno en sí. Solo en una etapa muy tardía surgieron los que negaron y pusieron en duda tales proposiciones. Solo muy tarde se presentó la verdad, como la forma más precaria del conocimiento. Parecía que con ella no fuera posible vivir, nuestro organismo estaba ajustado a lo contrario de ella: todas sus funciones superiores, las percepciones sensibles y, en un plano general, todas las sensaciones, de cualquier tipo, funcionaban con arreglo a esos antiquísimos y asimilados errores fundamentales.
Aún más, esas proposiciones incluso dentro del conocimiento llegaron a ser las normas según las cuales se valoraba «verdadero» y «falso» –extendiendo su imperio hasta las esferas más apartadas de la lógica pura. Entonces: la fuerza de los conocimientos no reside en su grado de verdad, sino en su antigüedad, en su asimilación, en su carácter de condición vital. Cuando parecía surgir un conflicto entre la vida y el conocimiento, nunca se luchaba seriamente: se consideraba una locura negar y dudar. Los pensadores excepcionales tales como los eleáticos, que, no obstante, establecían y proclamaban las antítesis de los errores naturales, creían que era posible vivir esta antítesis; inventaban al sabio, como hombre de concepción inmutable, impersonal y universal, que era uno y todo a un tiempo, con una capacidad específica para ese conocimiento opuesto; opinaban que su conocimiento era al mismo tiempo principio de vida. Mas para poder afirmar todo esto, tenían que engañarse sobre su propia situación: tenían que atribuirse impersonalidad y duración sin cambio, interpretar mal la esencia del cognoscente, negar la fuerza de los impulsos en el conocimiento y, en un plano general, concebir la razón como actividad completamente libre que tenía su raíz en sí misma. Cerraban los ojos ante el hecho de que también ellos habían llegado a sus proposiciones contradiciéndolo imperante por el ansia de reposo o de posesión exclusiva o de dominio. [...]
§ 125. El hombre loco. — “¿No habéis oído hablar de aquel hombre loco que en pleno día encendió una linterna, fue corriendo a la plaza y gritó sin cesar: «¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!?» Como en aquellos momentos estaban allí reunidos muchos de los que no creían en Dios, provocó gran regocijo. ¿Es que se ha perdido?, dijo uno. ¿Es que se ha extraviado como un niño?, dijo otro. ¿O se está escondiendo? ¿Es que nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Emigrado? — así gritaron y rieron a coro. El hombre loco saltó hacia ellos y los fulminó con la mirada. «¿Dónde se ha ido Dios?», gritó. «¡Os lo voy a decir! ¡Lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos! Pero, ¿cómo hemos hecho esto? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol? ¿Hacia dónde va ella ahora? ¿Adónde vamos? ¿Alejándonos de todos los soles? ¿No estamos cayendo continuamente? ¿Hacia atrás, hacia un lado, hacia delante, hacia todos los lados? ¿Existe todavía un arriba y un abajo? ¿No estamos vagando como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del vacío? ¿No hace ahora más frío que antes? ¿No cae constantemente la noche, y cada vez más noche? ¿No es preciso, ahora, encender linternas en pleno día? ¿No oímos aún nada del ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No percibimos aún nada de la podredumbre divina? —¡también los dioses se pudren! ¡Dios ha muerto! ¡Dios sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podemos consolarnos, asesinos de asesinos? Lo más santo y poderoso que ha habido en el mundo se ha desangrado bajo nuestros cuchillos, — ¿quién nos limpia de esta sangre? ¿Con qué agua podríamos limpiarnos? ¿Qué fiestas expiatorias, qué juegos sagrados tendremos que inventar? La grandeza de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotros? ¿No hemos de convertirnos nosotros mismos en dioses para aparecer dignos de él? ¡Jamás ha habido acto más grande y todos los que nazcan después de nosotros pertenecerán por obra de este acto a una historia más grande que toda historia hasta ahora habida!"
Entonces se calló el hombre loco, mirando de nuevo a sus oyentes: también estos callaron, mirándolo extrañados. Al fin él arrojó al suelo su linterna, así que se rompió en pedazos y se apagó. «Llego demasiado pronto», dijo luego. «Este acontecimiento tremendo está todavía en camino, — no ha llegado aún hasta los oídos de los hombres. El rayo y el trueno requieren tiempo, la luz de los astros requiere tiempo, los actos requieren tiempo, aún después de cometidos, para ser vistos y oídos. Este acto para ellos está todavía más lejos que los astros más lejanos — ¡y sin embargo, han sido ellos quienes lo cometieron!» — Se cuenta que ese mismo día el hombre loco penetró en varias iglesias y en ellas entonó su requiem aeternam deo, y que cada vez que lo expulsaron y le pidieron cuentas se limitó a replicar: «¿qué entonces son aún estas iglesias sino las tumbas y monumentos fúnebres de Dios?»
§ 164. Los que buscan reposo. ─ Yo reconozco a los espíritus que buscan reposo por la multitud de objetos oscuros que colocan en su derredor: quien desea dormir sume su cuarto en oscuridad o se mete en una cueva. ─ ¡He aquí una sugestión para los que no saben lo que están buscando, en definitiva, y quisieran saberlo!
§ 165. De la felicidad de los que renuncian. ─ Quien renuncia a una cosa en forma categórica y durante largo tiempo, cuando luego casualmente la vuelve a encontrar, por poco cree que la ha descubierto ─ ¡y hay que ver la felicidad que experimenta todo descubridor! ¡Seamos más prudentes que las serpientes que están tendidas demasiado tiempo al mismo so!
§ 173. Ser profundo y parecer profundo. ─ Quien sabe que es profundo, se esfuerza en ser claro; quien quiere parecer ante la masa como profundo se esfuerza en ser obscuro. Pues la masa tiene por profundo todo aquello cuyo fondo no alcanza a ver: ¡es tan miedosa y le repugna tanto entrar en el agua!
§ 175. De la elocuencia. ─ ¿Quién ha poseído, hasta ahora, la elocuencia más persuasiva? El redoble de tambor: y mientras los reyes tengan éste en su poder, serán siempre los mejores oradores y agitadores del pueblo.
§ 179. Pensamientos. ─ Los pensamientos son las sombras de nuestras sensaciones ─ siempre más oscuros, más vacíos y más simples que éstas.
§ 196. Límite de nuestro oído. ─ Sólo se oyen las preguntas a las que se es capaz de contestar.
§ 298. Suspiro. ─ Capté esta verdad en el camino y eché mano rápidamente de las primeras, pobres, palabras para atarla, para que no se me volviera a escapar.
Y ahora se me ha muerto con estas áridas palabras y cuelga de ellas floja y desamparadamente ─ y mirándola ahora, apenas si me explico yo cómo pude sentirme tan feliz al capturar este pájaro.
§ 307. En favor de la crítica. ─ Ahora te parece un error lo que en un tiempo amaste como verdad o probabilidad: lo rechazas, y crees que se trata de un triunfo de tu razón. Sin embargo, tal vez ese error fuera para ti en ese entonces, en que aún fuiste otro —siempre eres otro— tan necesario como todas tus «verdades» de ahora, algo así como una piel que ocultaba y disimulaba mucho que por entonces aún no debías ver. Tu nueva vida, no tu razón, ha matado para ti esa opinión: no la necesitas más, por lo que ahora se deshace y la sinrazón sale de ella como un gusano a la luz. Cuando criticamos, no se trata de una actitud arbitraria e impersonal ─ se trata, con harta frecuencia por lo menos, de una prueba de que se encuentran en nosotros fuerzas vitales y dinámicas que provocan el desprendimiento de una costra. ¡Negamos y tenemos que negar, porque algo en nosotros quiere vivir y afirmarse, algo que acaso no conocemos aún, no vemos aún! ─ Esto en favor de la crítica.
§ 320. Al volverse a ver. ─ A: ¿Te entiendo todavía? ¿Estás buscando? ¡Dónde está, en medio del mundo real de hoy, tu rincón y estrella! ¿Dónde puedes tenderte tú al sol, para que recibas un excedente de bien y se justifique tu existencia? ¡Cada cual debe hacer esto por su cuenta —pareces decirme— y eliminar de su cabeza el hablar en general y el preocuparse por los otros y por la sociedad! ─ B: Yo aspiro a más; no soy un buscador. Quiero crearme un sol propio.
§ 327. Tomar en serio. ─ En los más, el intelecto es una máquina torpe, lóbrega y chirriante que cuesta poner en marcha: le llaman «tomar en serio las cosas» cuando se proponen trabajar y pensar bien con esta máquina ─¡cuán molesto ha de ser para ellos el pensar bien! La graciosa bestia «hombre» pierde al parecer el buen humor cada vez que piensa bien: ¡se pone «seria»! Y «donde hay risa y alegría, el pensamiento no vale nada» ─ así reza el prejuicio de esta bestia seria contra toda «gaya ciencia» ─ ¡Muy bien! ¡Demostremos, pues, que se trata de un prejuicio!
§ 343. «Como está nuestra alegría. El más grande de los acontecimientos recientes —que «Dios ha muerto», que la creencia en el Dios cristiano se ha desacreditado— empieza ya a proyectar sus primeras sombras sobre Europa. A los pocos, por lo menos, cuya mirada, cuya suspicacia en la mirada, es lo suficientemente aguda y sutil para este espectáculo, les parece que se hubiera puesto algún sol, que alguna inveterada y profunda confianza se hubiera trocado en duda: nuestro viejo mundo se le aparece forzosamente cada día más vespertino, más receloso, más extraño, «más viejo». Pero se puede decir en general: que el acontecimiento mismo es demasiado grande, demasiado remoto, demasiado apartado de la capacidad de comprensión de los muchos como para que pueda decirse que la noticia de ello ya ha llegado; y menos aún que muchos sepan lo que en efecto resultará de ello —y cuántas cosas, una vez socavada esa fe, tendrán que desmoronarse por estar fundamentadas sobre ella, adosadas a ella, trabadas con ella: por ejemplo, toda nuestra moral europea.
Esa larga plenitud y sucesión de demolición, destrucción, hundimiento y cambio que ahora se avecina: ¿Quién lo adivina hoy por hoy suficientemente para tener que ser el predicador y pregonero de esta pavorosa lógica de terror, el profeta de un ensombrecimiento y eclipse tal como probablemente jamás lo ha presenciado la tierra?... Hasta nosotros, descifradores natos, de enigmas que esperamos, por así decirlo, en las montañas colocados entre el hoy y el mañana y encajonados en la contradicción entre el hoy y el mañana, nosotros, primogénitos y prematuros del siglo futuro, que en rigor debiéramos ya percibir las sombras que no tardarán en volver a Europa: ¿Cómo se explica que hasta nosotros aguardemos su advenimiento sin interés por este ensombrecimiento, sobre todo sin preocupación ni temor por nosotros mismos? Será que nos hallamos todavía demasiado sujetos a las consecuencias inmediatas de este acontecimiento ─y estas consecuencias inmediatas, sus consecuencias para nosotros no son, contrariamente a lo que pudiera acaso suponerse, en manera alguna tristes y ensombrecedoras, sino muy al contrario como una especie nueva, difícil de definir, de luz, ventura, alivio, alegría, aliento, aurora... En efecto, los filósofos y «espíritus libres», al enterarnos de que «ha muerto el viejo Dios», nos sentimos como iluminados por una aurora nueva; con el corazón henchido de gratitud, maravilla, presentimiento y expectación ─ por fin el horizonte se nos aparece otra vez libre, aunque no esté aclarado, por fin nuestras naves pueden otra vez zarpar, desafiando cualquier peligro, toda aventura del cognoscente está otra vez permitida, el mar, nuestro mar, está otra vez abierto, tal vez no haya habido jamás mar tan abierto.
§ 344. En cuanto también nosotros somos aún piadosos. [...] De modo que la «voluntad de verdad» no significa «no quiero dejarme engañar», sino —no queda otra alternativa— «no quiero engañar, ni aún a mí mismo»: —y con esto nos encontramos en el terreno de la moral. Pregúntese con profundidad: «¿por qué no quieres engañar?», sobre todo si parece —¡como parece en efecto!— que la vida tiende a la apariencia, es decir, al error, el engaño, la simulación, el deslumbramiento, el autodeslumbramiento [...] La «voluntad de verdad» —pudiera ser una oculta voluntad de muerte. — De esta suerte, el interrogante: ¿por qué ciencia?, retorna al problema moral: ¿por qué aún la moral, si la vida, la Naturaleza y la historia son «inmorales»? No cabe duda que el veraz, en ese sentido audaz y último que presupone la fe en la ciencia, afirma con eso un mundo diferente al de la vida, de la naturaleza y la historia; y en tanto que afirma este «otro mundo», ¿cómo?, ¿no niega por fuerza su antítesis, este mundo, nuestro mundo? ... Se habrá comprendido loque me propongo decir, que sigue siendo una fe metafísica, la fe sobre la que descansa nuestra fe en la ciencia — que también nosotros, los cognoscentes de ahora, los ateos y antimetafísicos, tomamos nuestra llama del fuego que ha encendido una fe milenaria, esa fe cristiana, que fue también la fe de Platón, según la cual Dios es la verdad y la verdad es divina...
Pero ¿y si esta fe precisamente se hace cada vez menos creíble, y si ya nada se muestra divino como no sea el error, la ceguera y la mentira — y si Dios mismo se muestra nuestra más inveterada mentira?
§ 355. El origen de nuestro concepto de «conocimiento». — Tomo esta explicación de la calle; oí a alguien del pueblo decir que «él me ha conocido»—: entonces me pregunté: ¿qué entiende el pueblo, en definitiva, por conocimiento? ¿qué quiere cuando quiere «conocimiento»? Nada más que esto: algo desconocido debe ser reducido a algo conocido. Y los filósofos — ¿hemos entendido, en rigor, más por el conocimiento? Lo conocido, quiere decir: aquello a que estamos acostumbrados, así que ya no nos sorprendemos de eso, nuestra rutina diaria, alguna regla a la que estamos atados, todo aquello con que nos sentimos familiarizados —¿cómo?, ¿no es nuestra necesidad de conocimiento
precisamente esta necesidad de lo conocido, la voluntad de descubrir en medio de todo lo extraño, lo insólito y problemático algo que ya no nos inquiete? ¿No será el instinto del miedo lo que nos impulsa al conocimiento? ¿No será la exultación del cognoscente la exultación de la sensación de la seguridad recuperada?... Tal filósofo creía «conocido» el mundo al haberlo reducido a la «idea»: ay, ¿no sería porque la «idea» le era tan conocida, tan familiar?, ¿porque la idea ya no le daba tanto miedo? — ¡Qué contentadizos son los cognoscentes! ¡No hay más que ver sus principios y sus soluciones de los enigmas del mundo! ¡Cuán contentos se ponen no bien encuentran en las cosas, debajo de las cosas y detrás de las cosas algo que desgraciadamente nos es harto conocido, por ejemplo nuestro uno-por-uno o nuestra lógica o nuestra voluntad y deseo! Pues «lo que es conocido es reconocido»: en eso están de acuerdo. Hasta los más cautelosos de ellos opinan que lo conocido por lo menos es más fácilmente reconocible que lo ajeno; así, por ejemplo, se exige metódicamente partir del «mundo interior», de los hechos de la conciencia» ¡porque este sería el mundo que nos es más conocido! ¡Error de los errores! Lo conocido es lo acostumbrado; y lo acostumbrado es lo más difícil de «reconocer», es decir, de verlo como problema, vale decir, como cosa ajena, lejana, «exterior a nosotros»... La gran seguridad de las ciencias naturales, en comparación con la psicología y crítica de los elementos de conciencia —ciencias innaturales, casi pudiera decirse—, se basa precisamente en el hecho de que toman como objeto lo ajeno; mientras que es algo que casi incurre en lo contradictorio y en el absurdo el querer tomar lo no ajeno como objeto...
Síntesis de los fragmentos de Aurora
Nietzsche critica las bases de la moral tradicional y la religión, cuestionando la idea de que Dios es la verdad y denunciando el pensamiento grupal que sofoca la individualidad. Enfatiza la importancia del pensamiento crítico y la búsqueda de la verdad más allá de las necesidades emocionales, requiriendo almas fuertes y desinteresadas. Advierte contra la manipulación y la imposición de una única verdad absoluta, defendiendo la libertad de pensamiento y la necesidad de la generosidad intelectual. Nietzsche también analiza la relación entre la verdad, el poder y la pasión, criticando el uso de la pasión como argumento de verdad y destacando la necesidad del poder para que la verdad prevalezca. En resumen, Nietzsche invita a una revisión de los valores establecidos y a una búsqueda de la verdad basada en la razón y la individualidad.
§ 93. ¿Qué es la verdad?
Nietzsche cuestiona la premisa fundamental de los creyentes: que Dios es la verdad y, por lo tanto, la ciencia que lo niega es falsa.
Él no refuta la lógica de la conclusión, sino la presuposición de que Dios es la verdad.
Plantea la posibilidad de que Dios sea una creación humana, un producto de la vanidad, el miedo y la ilusión.
Este fragmento es un ataque directo a las bases de la moralidad y la religión tradicionales, invitando a una revisión de los valores establecidos.
§ 297. Corruptible.
Nietzsche advierte sobre el peligro de fomentar el pensamiento grupal en los jóvenes.
Instruir a alguien para que valore solo las opiniones similares a las suyas sofoca el pensamiento crítico y la individualidad.
Este pasaje resalta la importancia de la diversidad de pensamiento y el valor del disenso en la búsqueda de la verdad.
§ 314. De la compañía de pensadores.
Nietzsche utiliza una metáfora marítima para describir la condición humana.
Nos presenta a los pensadores como "aves viajeras" que se encuentran brevemente en medio de la inmensidad del "devenir".
Enfatiza la fugacidad de la existencia y la importancia de la camaradería intelectual.
En un mundo de constante cambio, la comprensión y el conocimiento compartidos son tesoros valiosos.
§ 342. ¡No confundir!
Nietzsche critica a aquellos que se disfrazan de buscadores de la verdad, pero que en realidad tienen motivos ocultos.
Advierte sobre la necesidad de discernir entre la búsqueda genuina del conocimiento y la manipulación.
Este pasaje nos invita a ser escépticos y a cuestionar las intenciones detrás de las afirmaciones de conocimiento.
§ 424. Para quién existe la verdad.
Nietzsche cuestiona la idea de que la verdad debe ser consoladora.
Argumenta que la verdad no tiene la obligación de satisfacer las necesidades emocionales humanas.
Propone que la búsqueda de la verdad requiere almas fuertes, desinteresadas y alegres, capaces de trascender las necesidades personales.
Hace una critica a la visión antropocéntrica que pretende que todo conocimiento tenga que ser util para el humano.
§ 459. La generosidad del pensador.
Nietzsche elogia la generosidad de los grandes pensadores que sacrifican su propia comodidad y bienestar en la búsqueda de la verdad.
Menciona a Rousseau y Schopenhauer como ejemplos de esta dedicación.
Destaca la tensión entre la búsqueda de la verdad y las limitaciones de la existencia humana.
§ 507. Contra la tiranía de lo verdadero.
Nietzsche advierte contra la imposición de una única verdad absoluta.
Defiende la necesidad de la diversidad de opiniones y la libertad de pensamiento.
Argumenta que la verdad necesita oposición para mantenerse viva y relevante.
§ 535. La verdad necesita del poder.
Nietzsche desafía la noción de que la verdad es intrínsecamente poderosa.
Argumenta que la verdad necesita el respaldo del poder para prevalecer.
Este pasaje es una observación realista sobre la relación entre el conocimiento y la influencia social.
§ 543. No convertir a la pasión en un argumento de verdad.
Nietzsche critica a los fanáticos que utilizan la pasión como justificación de sus creencias.
Denuncia la manipulación emocional y la falsificación de la historia para respaldar ideologías.
Advierte sobre el peligro de confundir la convicción emocional con la verdad objetiva.
En resumen, estos fragmentos de "Aurora" revelan la crítica de Nietzsche a los prejuicios morales, la importancia del pensamiento crítico y la búsqueda de la verdad más allá de las limitaciones de la tradición y la emoción.
Síntesis de la Gaya Ciencia
Nietzsche explora la persistencia de las ideas tradicionales tras la "muerte de Dios" y cuestiona la naturaleza del conocimiento, argumentando que se originó en errores útiles para la supervivencia. Critica la moral tradicional y la búsqueda de la verdad, destacando la importancia del pensamiento crítico y la individualidad. Nietzsche analiza la relación entre el lenguaje y la verdad, la dificultad de expresar la experiencia humana y la necesidad de la crítica como herramienta para el crecimiento personal. Además, reflexiona sobre la búsqueda de reposo, la paradoja de la felicidad en la renuncia y la distinción entre la verdadera profundidad y la mera apariencia. En resumen, Nietzsche desafía las concepciones establecidas e invita a cuestionar nuestras creencias y a crear nuevos valores en un mundo en constante cambio.
§ 108. Nuevas luchas.
Nietzsche utiliza la metáfora de la sombra de Buda para ilustrar la persistencia de las ideas y creencias, incluso después de la "muerte" de sus fundadores.
Extiende esta idea a la "muerte de Dios", argumentando que, aunque la creencia en Dios esté disminuyendo, su influencia y las estructuras que construyó perdurarán.
La frase "tendremos que vencer también a su sombra" implica que la lucha contra las ideas tradicionales y los valores morales asociados a Dios será un proceso largo y arduo.
§ 110. El origen del conocimiento.
Nietzsche cuestiona la naturaleza del conocimiento y su origen.
Sugiere que el intelecto humano inicialmente producía errores que resultaban útiles para la supervivencia.
Estos "errores útiles" se transmitieron de generación en generación y se convirtieron en "artículos de fe", como la creencia en la perdurabilidad, la identidad y la libertad de la voluntad.
La verdad, según Nietzsche, surgió muy tarde y parecía incompatible con la vida, ya que nuestro organismo estaba adaptado a esos "errores fundamentales".
Critica la idea de que el conocimiento es puramente racional, argumentando que está influenciado por impulsos y deseos.
§ 125. El hombre loco.
Este es uno de los pasajes más famosos de Nietzsche, donde introduce la figura del "hombre loco" que anuncia la muerte de Dios.
El hombre loco busca a Dios con una linterna en pleno día, lo que provoca la burla de los incrédulos.
Nietzsche utiliza este personaje para expresar la magnitud de la pérdida de la creencia en Dios y las consecuencias que esto implica.
El hombre loco cuestiona la dirección de la humanidad en un mundo sin Dios, utilizando preguntas retóricas sobre la pérdida de referentes y la sensación de vacío.
La muerte de Dios es presentada como un acto cometido por la propia humanidad, lo que genera una gran responsabilidad y la necesidad de crear nuevos valores.
El pasaje termina con el hombre loco lamentando que su mensaje llegue demasiado pronto, ya que la magnitud del evento aún no ha sido comprendida por la mayoría.
§ 164. Los que buscan reposo.
Nietzsche describe a las personas que buscan reposo como aquellas que se rodean de oscuridad y evitan la claridad.
Utiliza la metáfora de la habitación oscura o la cueva para ilustrar su deseo de aislamiento y tranquilidad.
Este fragmento sugiere que la búsqueda de reposo puede ser una señal de que uno no sabe lo que realmente busca en la vida.
§ 165. De la felicidad de los que renuncian.
Nietzsche explora la paradoja de la felicidad que se experimenta al reencontrar algo a lo que se ha renunciado durante mucho tiempo.
Compara esta experiencia con el descubrimiento, resaltando la intensidad de la alegría que produce.
La advertencia sobre las serpientes que se exponen demasiado tiempo al sol sugiere la necesidad de moderación y equilibrio en la renuncia.
§ 173. Ser profundo y parecer profundo.
Nietzsche distingue entre la verdadera profundidad y la apariencia de profundidad.
Argumenta que quien realmente posee profundidad se esfuerza por ser claro, mientras que quien solo busca aparentar profundidad se vuelve oscuro e incomprensible.
Critica la tendencia de la masa a confundir la oscuridad con la profundidad, debido a su miedo a adentrarse en lo desconocido.
§ 175. De la elocuencia.
Nietzsche identifica el redoble de tambor como la forma de elocuencia más persuasiva.
Sugiere que mientras los reyes tengan el control sobre este instrumento, seguirán siendo los mejores oradores y agitadores del pueblo.
Este fragmento resalta el poder de la música y el ritmo para influir en las masas.
§ 179. Pensamientos.
Nietzsche describe los pensamientos como las sombras de nuestras sensaciones.
Sugiere que los pensamientos son más oscuros, vacíos y simples que las sensaciones de las que derivan.
Este fragmento enfatiza la primacía de las sensaciones en la experiencia humana.
§ 196. Límite de nuestro oído.
Nietzsche afirma que solo podemos oír las preguntas que somos capaces de responder.
Este fragmento sugiere que nuestra capacidad de comprensión está limitada por nuestro propio conocimiento y experiencia.
§ 298. Suspiro.
Nietzsche reflexiona sobre la dificultad de capturar la verdad en palabras.
Describe la frustración de ver cómo una verdad que inicialmente le causó gran alegría se vuelve árida y desamparada al ser expresada con palabras.
Este fragmento resalta la limitación del lenguaje para transmitir la complejidad de la experiencia humana.
§ 307. En favor de la crítica.
Nietzsche defiende la crítica como un proceso vital y dinámico.
Argumenta que la crítica no es simplemente una cuestión de razón, sino una manifestación de fuerzas vitales que buscan afirmarse.
Sugiere que la crítica puede ser una señal de crecimiento y cambio, ya que nos permite desprendernos de ideas y creencias que ya no nos sirven.
§ 320. Al volverse a ver.
Este fragmento presenta un diálogo entre dos personas, A y B, que tienen diferentes perspectivas sobre la vida.
A cuestiona la búsqueda de un lugar en el mundo y la necesidad de preocuparse por los demás.
B, por otro lado, aspira a crear su propio sol, lo que sugiere un deseo de independencia y autoafirmación.
§ 327. Tomar en serio.
Nietzsche critica la idea de que el pensamiento profundo debe ser serio y solemne.
Describe el intelecto como una máquina torpe y chirriante para la mayoría de las personas.
Sugiere que la "gaya ciencia" (la ciencia alegre) desafía este prejuicio al asociar el pensamiento con la risa y la alegría.
§ 343. «Como está nuestra alegría.
Nietzsche reflexiona sobre las consecuencias de la "muerte de Dios" en Europa.
Reconoce que la magnitud de este evento aún no ha sido comprendida por la mayoría.
Describe la sensación de liberación y apertura que experimentan los "filósofos y espíritus libres" ante la pérdida de la creencia en Dios.
Utiliza metáforas como la aurora y el mar abierto para expresar la nueva libertad y las posibilidades que se abren.
§ 344. En cuanto también nosotros somos aún piadosos.
Nietzsche cuestiona la "voluntad de verdad" y sus motivaciones.
Sugiere que la búsqueda de la verdad puede estar relacionada con una "oculta voluntad de muerte", ya que implica la negación del mundo tal como lo conocemos.
Argumenta que incluso los ateos y antimetafísicos modernos están influenciados por la fe cristiana y platónica en la verdad como algo divino.
Plantea la posibilidad de que la verdad misma sea una mentira y que Dios sea la más antigua de todas las mentiras.
§ 355. El origen de nuestro concepto de «conocimiento».
Nietzsche analiza el concepto popular de "conocimiento" y lo compara con la concepción filosófica.
Sugiere que el pueblo entiende el conocimiento como la reducción de lo desconocido a lo conocido, es decir, a lo familiar y cotidiano.
Critica la idea de que lo conocido es lo más fácil de reconocer, argumentando que lo acostumbrado es lo más difícil de ver como un problema.
Contrasta la seguridad de las ciencias naturales, que estudian lo ajeno, con la incertidumbre de la psicología y la crítica de la conciencia, que estudian lo que se supone que es más familiar.
En resumen, estos fragmentos de "La Gaya Ciencia" exploran temas como la muerte de Dios, la naturaleza del conocimiento, la crítica de los valores tradicionales, la importancia de la individualidad y la búsqueda de la verdad en un mundo cambiante. Nietzsche desafía las concepciones establecidas y nos invita a cuestionar nuestras creencias y a crear nuevos valores.